¿Y si en vez de recortar, impulsamos el consumo colaborativo?

11 Diciembre, 2013

El consumo colaborativo o la llamada share economy se están imponiendo como nuevas etiquetas de algo que, en verdad, ya existe desde que la humanidad es humanidad: que el compartir está en la base del progreso y de la eficiencia colectiva (debe subrayarse doblemente lo de colectivo). Sin ir más lejos, la aula de mi clase, durante la escuela primaria, se convertía diariamente en comedor al mediodía, en un ejercicio perfecto de eficiencia, sin que el equipo educativo pudiera intuir que años después este tipo de prácticas se pondría de moda bajo la etiqueta de consumo colaborativo. Más allá, por lo tanto, de resaltar algunos de los casos empresariales de más éxito que, sin duda están ya transformando y redefiniendo los mercados donde operan, debemos remarcar que lo único –aunque nada desdeñable- novedoso que aportan dichas etiquetas, reside en las potencialidades de la tecnología para impulsar procesos de consumo colaborativo y de mancomunión de lo público. 

Así pues, más allá de caer en una exacerbación del nuevo concepto como solución a todos nuestros problemas, más allá de añadirlo a una larga lista de conceptos con poca sustancia (Smart cities, ciudades creativas, etc.), las ciudades, sus gobiernos, deberían constatar las posibilidades que ofrece para construir ciudad y garantizar el derecho a la ciudad de sus habitantes. 

No se trata, por lo tanto, de limitarse a implementar estrategias de corto alcance, cómo adaptar normativas para que pueda desarrollarse o tratar de superar las resistencias que puede provocar el choque entre modelos comerciales basados en la propiedad individual (el tradicional) con los nuevos modelos basados en la propiedad compartida (consumo colaborativo), sino más bien de incorporar la economía colaborativa en la estrategia de ciudad. No en vano, el contexto económico actual ha evidenciado que el crecimiento exponencial no lleva a ninguna parte –excepto a otro desastre. Si para algo deben servir las crisis es para cambiar algunas de las cosas que nos han llevado a dicha situación. La propia etimología de la palabra crisis nos lo recuerda (del verbo griego krinein, separación, distinción, elección). Debemos separar a los distintos elementos causales, analizarlos y tomar la decisión de incorporar otro modelo económico, con lo bueno de lo viejo y lo mejor de lo nuevo. 

Por ello los principios del consumo colaborativo son útiles para incorporar a una estrategia de ciudad más eficiente, que conecte personas con personas, que establezca el valor compartir en el eje del modelo, el espacio público, el valor de lo compartido y de lo público como el factor determinante del bienestar social, económico y ambiental colectivo. El modelo de consumo colaborativo propone aprovechar los activos infrautilizados, entendiendo por activos tanto los materiales (escuelas, plazas, centros cívicos, transportes) como intangibles (habilidades, conocimientos, etc.). ¿No parece obvio que si los coches están 23 horas al día ociosos, no hace falta producir tantos nuevos coches cada año? Sólo hace falta compartirlos. O si las oficinas están cerradas el 70% del tiempo, ¿No deberían explorarse modos para ganar en eficiencia? ¿Realmente parece razonable que en un edificio de 8 plantas, con 4 pisos por planta, coexistan 32 WIFI particulares? 

El aprovechamiento de la capacidad de los activos infrautilizados no cuesta nada. Al menos en términos monetarios. No requiere, en cualquier caso, grandes inversiones en infraestructuras y, ni tan sólo, para los más temerosos, supone una gran desviación del sistema actual. Un ciudad puede contener el gasto, crear fuentes de ingresos adicionales, o, simplemente, ambas cosas, simplemente utilizando sus recursos de una manera más eficiente mediante prácticas de consumo colaborativo. Lo único que deben hacer las ciudades es posicionarse, eso sí. Y asumir un papel proactivo para hallar a través del consumo colaborativo soluciones potentes respecto al transporte, a la ocupación, a la educación, al turismo, la alimentación y a todos aquellos aspectos fundamentales relativos al derecho a la ciudad. El gasto público no se contiene recortando, sino reformando, inventando nuevas soluciones, nuevas formas de facilitar el acceso a servicios públicos. El consumo colaborativo puede ser un instrumento útil en ese sentido. 

Para ello es necesario que los gobiernos locales desbloqueen e incluso favorezcan la capacidad de crear riqueza, de generar valor público, mediante la interacción de los ciudadanos entre sí. Las ciudades han nacido y crecido gracias al conocimiento compartido y han sido motores a su vez de esa dinámica, en un círculo virtuoso que las ha convertido en los espacios mayoritarios de convivencia. El consumo colaborativo, como un especie de restyling del valor cooperativo, incorporando la dimensión tecnológica, ofrece nuevas oportunidades que las ciudades sin duda deben aprovechar.

Más allá de etiquetas sobre qué ciudad es más colaborativa, más inteligente, creativa, atractiva, green, slow o shareable, la adopción de los principios del consumo colaborativo en la estrategia de ciudad puede aportar eficiencia y acceso a lo público, de un modo sostenible y que construya ciudad, favoreciendo las conexiones sociales, transversalmente, en todo el espacio ciudadano. 

Roger Sunyer. Diciembre, 2013.

Sobre el autor

Profesor colaborador en la asignatura Nueva economía urbana del Máster Universitario de Ciudad y Urbanismo. Politólogo y máster en Dirección pública. Consultor en gestión pública y economía social, cooperativa y colaborativa. rogersunyer.com / @rogersunyer / Linkedin

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