La ciudad y la historia

3 Abril, 2014

La ciudad tiene un corazón antiguo, parafraseando el hermoso libro de Carlo Levi Il futuro a un cuore antico.[1] Obviamente este corazón antiguo es el “centro histórico”, aunque sería más justo entenderlo de una forma más extensiva y denominarlo “ciudad histórica” aunque toda la ciudad es historia. Pero nos referimos específicamente a la parte de la ciudad que ha acumulado “más historia”, donde están presentes distintas etapas del desarrollo urbano y las marcas de las diversas poblaciones que lo habitaron. Son los lugares que acumulan memoria, los espacios que contienen los tiempos, los elementos simbólicos que transmiten sentido al habitante o visitante. Lo que usualmente denominamos “centros históricos” no siempre son actualmente centralidades, pues han decaído, o se han especializado, o han borrado gran parte de las huellas del pasado. Deberíamos integrar en el concepto de ciudad histórica además de lo medieval o barroco, o la presencia de modernismo y del racionalismo, las áreas industriales, los barrios obreros surgidos en la era industrial, las infraestructuras como los puertos y el ferrocarril, los guetos en los que en el pasado se refugiaron minorías y que aun más o menos subsisten. Destruir la ciudad histórica es asesinar el corazón, el alma de la ciudad.

Barcelona posee un “centro histórico” extenso y multiforme, uno de los más habitados de Europa. En él coexisten actividades y funciones muy diferentes y acoge también una gran diversidad de poblaciones. En este centro está presente toda la historia de la ciudad, desde el imperio romano hasta la sociedad postindustrial. Desde la monumentalidad medieval con un fantástico gótico civil (no olviden les Drassanes) y religioso (Santa Maria del mar) hasta la trama de los barrios y de los huertos (veáse el Poble Sec). Desde la estructura urbana anterior a 1714 y redescubierta bajo el Born hasta el curioso urbanismo racionalista del siglo XVIII aportado por los ocupantes franceses (Barceloneta). Desde el Vell Port que resiste a los embates privatizadores hasta el Raval, un poco gentrificado, ocupado por la masiva llegada de gentes de todo el mundo que han substituido a los inmigrantes españoles de otras épocas. Desde la callejuelas medievales o anteriores al siglo XIX que se encuentran en todos los barrios del centro histórico hasta los mercados turistizados y los grandes equipamientos culturales y educativos, algunos antiguos otros incluso recientes, a ambos lados de la Rambla. Unas Ramblas muy presentes en la memoria colectiva de la ciudad pero que contrastan con las Ramblas visibles de hoy, desnaturalizadas por el mal gusto municipal y el penoso espectáculo de la guirilandia de calcetines largos y calzones cortos. El centro histórico, o si lo prefieren “Ciutat Vella” es clásica, antigua y moderna, localista por dentro y cosmopolita por fuera, trabajadora y turística, popular y burguesa, lugar del poder siempre y insurreccional periódicamente. A pesar de todo como podría decir el Gato Pérez las calles de Ciutat Vella poseen “sabor a ciudadanía”.

Nos resulta difícil limitarnos a Ciutat Vella. La historia de la ciudad está muy vinculada a Montjuic, donde vivieron algunos de los primeros colectivos humanos, cuyas canteras proporcionaron el material de la construcción y donde luego se asentaron las barracas para los que llegaban a trabajar y no se instalaban donde la ciudad perdía su nombre como bien dijo Paco Candel. También es historia la huella de las murallas y su la demolición por levantamiento popular. Y a los barrios que son hoy distritos, antes fueron municipios (Sant Martí, Sant Andreu, Horta, Gràcia, Sarrià, Sant Gervasi, Sants) y mucho antes formaban parte del “territorio” de Barcelona. En los barrios populares que fue antes suburbio, el Raval incluido, hay centros históricos modestos pero que son elementos icónicos, referente simbólico del paisaje urbano. También son historia que nos transmite identidad y memoria colectiva los conjuntos industriales algunos espectaculares (Can Batlló en Sants-Magoria, los que subsisten en el Poble Nou), aunque gran parte han sido demolidos por la especulación urbanística, tanto en dictadura como en democracia. Tienen significado histórico las viviendas obreras, todo ello testimonio de la cultura del trabajo y de la memoria de las luchas sociales, así como las huellas de los barrios de barracas, que también hubo en los márgenes del centro histórico. Como historia es el Ensanche, una fantástica trama que hubiera podido ser sin embargo un modelo de “ciudad igualitaria” y de calidad de vida como quiso Cerdà, pero que la economía urbana especulativa la ha deformado pero a pesar de ello continúa siendo una referencia básica para el urbanismo democrático. Pero donde la historia se condensa con más intensidad es sin lugar a dudas en Ciutat Vella, en el mal llamado Barrio Gótico y en los barrios de Sant Pere y la Ribera, al otro lado de la Vía Layetana. En el puerto y en la Barceloneta. Y, obviamente, en el Raval también.[2]

Ciutat Vella fue durante décadas una zona en gran parte abandonada. El barrio gótico, espacio del poder, donde se encuentran los edificios más simbólicos (palacios civiles, catedral) y el más accesible a los turistas fue objeto de promoción en época ya de la dictadura y el porciolismo. Pero el Raval, Santa Caterina, la Ribera, la Barceloneta, se fueron densificando y degradando. La población alcanzó a inicios de los años 60 los 220 000 habitantes. Pero la insalubridad, la inseguridad y el mal estado de las viviendas provocó un gradual éxodo y 20 años después la población cayó a unos 80 000 habitantes y la mayoría del territorio fue perdiendo también población visitante, fuera local o forastera. A partir de los 90 Ciutat Vella en su conjunto se transformó mediante operaciones de mejora de los servicios básicos (energía, agua, limpieza pública, etc), rehabilitación o substitución de viviendas, equipamientos sociales y culturales y creación de nuevos espacios públicos. Inicialmente las políticas públicas intentaron mantener la población residente pero la lógica del mercado dio lugar a operaciones gentrificadoras pero no tan numerosas como era de temer. La llegada de decenas de miles de inmigrantes no comunitarios a inicios de este siglo se localizaron en una parte importante en este distrito. Las zonas habitadas tradicionalmente por sectores populares y que se habían mantenido oponían resistencia a operaciones que conllevaban a medio plazo la expulsión. El resultado por ahora ha sido híbrido. Equipamientos culturales de alto nivel y edificios monumentales antiguos y otros nuevos ostentosos marcan unos territorios o unos puntos. El turismo se ha expandido y ha colonizado no solo los espacios de más calidad, también gran parte del resto pues la ciudad recibe bastante turismo de ingreso medios y bajos. Las zonas populares han mejorado tanto en su entorno como en la vivienda pero sienten cada vez la presión del mercado, gentrificador o turístico. La oferta comercial dirigida a los sectores populares en gran parte del distrito se reduce cada día y se adapta a poblaciones de mayor nivel de consumo como ocurre con los mercados Boquería, Santa Caterina, incluso Barceloneta.

Conclusión: el centro histórico se ha transformado al mismo diapasón que la ciudad. Se mantiene su perfil, los estratos históricos acumulados están presentes, se ha intervenido para frenar la degradación de hace algunas pocas décadas. Es un centro histórico ciudadano y forma parte de la nueva industria de una ciudad desindustrializada, el turismo. Pero ha perdido algunos de sus lugares y de sus encantos vinculados a la bohemia, a la transgresión y a la cultura popular. Y,sobre todo, la tendencia es a laminar los sectores populares. La gentrificación parcial de algunas partes puede ser positiva, como el turismo. Pero sus dinámicas crecientes tienden a expulsar población popular, a reducir la vivienda y el pequeño comercio, a aumentar el control sobre el espacio público. Si esta tendencia se impone el centro histórico, base fundamental del alma ciudadana, integrador del conjunto de la ciudad metropolitana, perderá su capacidad de transmitir sentido de ciudadanía. Se hará funcional que dejará de serlo. Las poblaciones que ahora lo colonizan en busca de cultura urbana así como el creciente turismo.acabarán matando el entorno que inicialmente les atrajo. Si el corazón de la ciudad pierde gran parte de su contenido popular dejará de palpitar. Y entonces los colectivos colonizadores constituirán guetos o enclaves turísticos costosos, la vitalidad de la mezcla social decaerá y los que se sintieron atraídos por su encanto se marcharán a otra parte.


Notas del autor

[1] Il futuro a un cuore antico es de 1956. Levi es el autor de una obra clásica de la literatura del siglo XX: Cristo se detuvo en Eboli cuya versión cinematográfica fue muy exitosa.

[2] La bibliografía sobre Ciutat Vella es muy extensa y no es el lugar de comentarla Solo nos permitimos Quórum, un magnífico catálogo de la exposición realizada en La Capella en el año 2004 y fue comisariada por Rosa Pera. El libro, publicado por el Institut de Cultura del Ajuntament en 2005 creo que no ha tenido la difusión que merecía. Tanto la exposición como el catálogo, ambos muy imaginativos, nos muestran la multiplicidad de significados que transmiten estos barrios. Se incluye un texto del autor, Un futur urbà amb un cor antic , en el que se desarrollan las ideas esbozadas en este artículo.

Sobre el autor

Profesor Emérito y Presidente del Comite Académico del Máster Universitario de Ciudad y Urbanismo de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Doctor en Geografía e Historia por la Universidad de Barcelona y Geógrafo urbanista por la Université de Paris-Sorbonne. Ha ocupado cargos directivos en el Ayuntamiento de Barcelona y participado en la elaboración de planes y proyectos de desarrollo urbano de varias ciudades europeas y latinoamericanas. Fue Presidente del Observatorio DESC (derechos económicos, sociales y culturales). Website
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