UOC Ciudades

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Blog del Máster oficial de Ciudad y Urbanismo

Un elogio pragmático del gobierno local y las alcaldías.

Josep Xurigué Camprubí 9 Marzo, 2016

Recensión del libro de Benjamin R. Barber (2014). “Si els alcaldes governissin el món”. Barcelona: Arcàdia i Ajuntament de Barcelona.

Las 524 páginas de la versión catalana del libro del politólogo y profesor de la Universidad de Nueva York 1 destilan convicción en la autonomía del gobierno local y en el papel clave de las alcaldías. Una función notable no sólo para mejorar las condiciones de vida de la población urbana del mundo, que no cesa de aumentar, sino por el papel que pueden desempeñar en la gestión y gobernanza de la interdependencia global.

El libro se estructura en dos parte y diez capítulos que abarcan temas tan sugerentes como ciudad y democracia, ciudades y soberanía, ciudadanos sin fronteras o la propuesta de un parlamento mundial de alcaldes- proyecto de Barber para la gobernanza mundial por medio de las ciudades y de sus primeras autoridades-.

En la primera parte, el autor esgrime el porqué las ciudades deberían gobernar globalmente; en la segunda concreta como lo podrían hacer. El despliegue de la estructura y los contenidos del libro utiliza la fuerza didáctica de los ejemplos para ilustrar las ideas-fuerza de cada capítulo, mediante un perfil de las autoridades locales más reconocidas: Michael Bloomberg en Nueva York; Boris Johnson en Londres, Teddy Kollek en Jerusalem y Qadura Moussa en Jenín y Antanas Mockus en Bogotá, entre otras.

Barber traza cuatro características que todo alcalde o alcaldesa de gran ciudad tiene, como resultado de su amplia experiencia de investigación y análisis:

  • Personalidad fuerte con dosis de arrogancia y humor.
  • Enfoque pragmático de la manera de gobernar.
  • Voluntad de involucrarse personalmente en los asuntos de su ciudad.
  • Compromiso con la ciudad, como entidad única y probable destino final de su carrera política.

Esta manera de ser de las máximas autoridades locales refleja el espíritu de la ciudad respecto la naturaleza de los estados, grandes empresas y organizaciones internacionales: pragmatismo, identidad-personalidad, compromiso personal en el hacer ciudad y en la propia ciudad como sociedad y destino.

Las urbes ya se organizan en redes internacionales como Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU) y Metrópolis, con sede en Barcelona; organizaciones contra el cambio climático y para la sostenibilidad como el grupo C-402 o ICLEI; asociaciones contra la proliferación de armas nucleares y a favor de la paz como Mayors for Peace3, u otras redes en el campo de las artes y la cultura. En conjunto, organizaciones que ponen en común el ‘poder suave’ urbano, en palabras del autor, que contrasta con el ‘poder duro’ de los estados, basado en la jerarquía y el ejercicio de la soberanía.

Benjamin R. Barber considera que hay un retorno a las polis, pero más que a la ciudades independientes de la Grecia clásica, el rumbo actual nos dirige hacia la cosmópolis; ciudades conectadas de la era global donde a través de la colaboración y de las redes, se contienen y se afrontan los retos de la humanidad.

En su visión de la evolución histórica, el estado moderno fundado sobre la soberanía y sobre las ‘ruinas’ de los muros de las ciudades, ya no es útil ni funcional en un mundo que afronta retos que superan las fronteras artificiales que el Estado creó.

Por otro lado, la democracia que los estados arrebataron a las ciudades vivas y prósperas del Renacimiento o de la Liga Hanseática por medio de conceptos como el interés general, el contrato social, la representación y la apelación a superar el estado de naturaleza, ha perdido –en manos de los estados- su vigor originario. Y la soberanía, atributo estatal por antonomasia, se desdibuja en un mundo moldeado por los flujos económicos globales.

Rodrick (2011)4 ha expresado bien los problemas de los estados en su conocido trilema. Plantea la dificultad para ellos de hacer convivir, a la vez, democracia, soberanía y globalización. Éstos se verían obligados a optar por dos de los tres elementos de la tríada para su viabilidad. En esta línea, con el concepto de ‘urbocracia’ (Xurigué, 2015)5, me refiero a la respuesta que pueden dar las ciudades, con su nuevo empoderamiento, al trilema. Respuesta debida a que tienen más capacidad que los estados de armonizar los tres vértices del trilema de Rodrick.

Barber después de beber en fuentes como las de John Dewey, observa la democracia como una realidad viva, espontánea, anclada en una comunidad; como algo vivido y participado. La democracia se experimenta y expande en las ciudades como una realidad histórica, social y humana natural.

No obstante, para que las ciudades puedan servir a la gobernanza global deben asociarse, cooperar y colaborar en materias concretas. Y hacerlo obteniendo todo el partido de la infraestructura de organizaciones y redes internacionales. Mediante el intercambio de experiencias que nacen de un enfoque pragmático y de políticas concretas; así, la emisión de partículas finas o de CO2 y la lucha contra el cambio climático, no supone un espacio de confrontación de intereses e ideologías en las ciudades como sí lo es en los estados.

Por otro lado, en una ciudad, un sistema de bicicletas públicas -innovación tangible y concreta- deviene un instrumento útil de lucha contra el cambio climático cuando muchas grandes urbes lo comparten y lo ponen en funcionamiento.

Las ciudades son interdependientes por su propia naturaleza. Para el politólogo norteamericano, las urbes a menudo constreñidas por los estados -quiénes a través de la soberanía, el control de la legislación y la fiscalidad impiden el fortalecimiento y el despliegue de las capacidades urbanas-, se ven débiles y por ello obligadas a colaborar entre ellas para hacer frente a problemas que les sobrepasan debido a sus recursos limitados.

La debilidad fiscal y normativa, de autonomía política real en definitiva, se vuelve una fortaleza de la ciudad cuando se adapta a la interdependencia de nuestro mundo a través de la colaboración y la adhesión a las redes de ciudades. Tal y como titula el autor al capítulo 5, las ciudades sin soberanía obtienen provecho de su falta de poder.

En la primera parte del libro, como se ha señalado, Barber ha ejemplificado su visión con el recurso a la descripción de alcaldes emblemáticos; de Iuri Luzhkov en Moscú, resalta su supervivencia en medio de los cambios de régimen y las vicisitudes de la política rusa. Lo primero es Moscú -al margen del PCUS o sorteando después, las rivalidades entre Putin y Medvedev-, obtiene recursos y el apoyo del sector privado, no sin evitar sospechas de corrupción.

Boris Johnson, el mediático y controvertido alcalde de Londres, figura política británica que escapa de los rígidos clichés tories, consiguió derrotar al laborista Ken Livingstone. Va al trabajo en bicicleta, impulsa el sistema público de alquiler de bicicletas, y no duda en impedir, personalmente, un atraco en un comercio.

En la segunda parte del libro, Benjamin R. Barber concreta como llevar a cabo la gobernanza global a través de las ciudades y de sus responsables. Señala estrategias y políticas locales para mitigar la desigualdad; para compartir y difundir las tecnologías digitales; para fortalecer la cultura como instrumento de cohesión social, creatividad y riqueza y, en en último término, concreta cómo impulsar la sociedad civil global, urbana, desde un confederalismo que permita construir una democracia de abajo arriba. Lo hace a través de su propuesta final de parlamento mundial de alcaldes.

La educación, la participación en las escuelas y su integración en los barrios; el trabajo y la regularización de la economía informal urbana como estrategia inclusiva y de prosperidad; los microcréditos y el impulso a una economía ciudadana y colaborativa son distintas actuaciones de base urbana.

Como lo es también el papel activo de las policías locales en la recogida de información y en el conocimiento de lo que pasa en los barrios, en los edificios de viviendas y en los vecindarios para la seguridad y la lucha contra el terrorismo. Una labor más eficaz, en muchas ocasiones, que la información que comparten los cuerpos de inteligencia y de seguridad de los estados, o la propia Interpol, a menudo con dificultades de coordinación debidas a las diferencias políticas o ideológicas entre estados.

Es en las ciudades donde se crea la riqueza y donde se producen las desigualdades. En unas ciudades que, como hemos señalado, no disponen de los instrumentos fiscales y normativos para mitigar de manera eficaz la desigualdad.

Los estados y la grandes empresas transnacionales, los primeros por su poder soberano y las segundas por ‘sortear’ la legislación de base estatal o supraestatal pero no global, tienen intereses contrapuestos a los de las débiles y adaptativas ciudades. Por su base democrática y su sociedad viva y participativa, las urbes atesoran democracia. Y desde la movilización y asociación en redes urbanas, pueden gobernar de manera flexible, débil y real, como expresa el autor, la interdependencia mundial.

La propuesta de parlamento mundial de alcaldes institucionalizaría una realidad informal que ya existe, aunque diseminada en diversas organizaciones (CGLU, Metrópolis, C-40, ICLEI, etc). Así, a los que critican los déficits democráticos de la propuesta del autor, por no representar los intereses de las zonas rurales del planeta –entre otros ejemplos-, Barber se pregunta si el sistema actual de organizaciones internacionales estatales como las Naciones Unidas u otras, en las que una minoría de estados poderosos mantienen el poder de veto, son acaso más democráticas que su propuesta.

El parlamento mundial de Barber encarna una idea confederal de gobernanza. Los alcaldes acordarían por consenso y se escucharían, en un espacio más definible como “Audiomento” que como “Parlamento”. La arrogancia de los estados soberanos dejaría paso a una actitud pragmática de las ciudades. Los principios y buenas prácticas compartidas sobre grandes temas, con instrumentos como los presupuestos participativos -implementados por más de 3.000 municipios en todo el mundo-, constituirían el pilar de una nueva gobernanza; protagonizada por unos alcaldes que parten de ciudades democráticas, con sociedades más progresistas que las sociedades rurales.

En síntesis, el libro de Barber es ameno e interesante. Una obra con vocación ‘urbanológica’, de raíz enciclopédica. Condensa de manera asequible un gran conocimiento y sabiduría sobre la ciudad, sobre su gobierno, sobre la teoría política que sustenta la política y el gobierno local como lo hemos conocido, e incorpora -con una mirada evolutiva de la historia de las ciudades y del gobierno de las sociedades, y un diagnóstico de la mundialización y sus impactos políticos y económicos-, una propuesta para la actual era de la interdependencia y la colaboración.

Notas

[1]https://ca.wikipedia.org/wiki/Benjamin_Barber

[2]http://www.c40.org/cities

[3]http://www.mayorsforpeace.org/

[4] Rodrick, D. (2011). The Globalization Paradox. New York: W.W. Norton & Company. Reseñas de lecturas sobre geopolítica y economía global, 2. ESADEgeo bajo supervisión del Profesor Javier Solana y del Profesor Javier Santiso.

[5] Xurigué, J. (2015). Tesis doctoral: “Estratègies i resultats en el desenvolupament territorial de Barcelona 1990-2010. Un estudi sobre les polítiques de màrqueting territorial i els seus costos i beneficis entre grups socials i districtes”. Departament de Ciència Política i Dret Públic. Facultat de Ciències Polítiques i Sociologia. Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Pàg. 323.

Sobre el autor

Profesor colaborador en la asignatura Gobierno local e innovación del MásterUniversitario de Ciudad y urbanismo de la UOC.
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