El espacio público desde una perspectiva feminista

20 Febrero, 2019 Foto: Greg Shield / Unsplash

El derecho a la ciudad se materializa en el acceso al espacio público y el disfrute de este que tiene la población, sin embargo, la configuración, la localización y los usos del espacio público generan jerarquías y desigualdades.


Si analizamos el espacio público desde la perspectiva de género, surgen dos aspectos relevantes sobre los que reflexionar. Por una parte, cómo usan de manera diferencial hombres y mujeres los espacios públicos y, a la vez, cómo otras variables que se cruzan con el género, como la etnicidad, la edad, la diversidad funcional, la clase social o la identidad sexual, influyen sobre las actividades y usos que las personas hacen de los espacios públicos. El hecho de tener un cuerpo sexuado femenino también condiciona cómo usamos las mujeres los espacios públicos, ya que nuestra percepción de seguridad cuando caminamos por la ciudad está determinada por la experiencia encarnada de los acosos y agresiones que vivimos en el espacio público.

Por otra parte, la configuración androcéntrica de los espacios públicos, prioriza y fomenta mediante el diseño urbano unas experiencias frente a otras. Esta configuración está estrechamente ligada a los usos que se han considerado normativos y neutros en el espacio público, pero que en verdad responden a la experiencia concreta de una parte de la población, la masculina. Aspectos de la configuración de los espacios públicos como dónde están localizados, cómo se conectan con otros espacios, qué tipo de mobiliario urbano tienen, qué actividades se proponen desde el diseño… no son neutros, sino que responden a una manera de ver la ciudad, que se ha tratado como si fuera universal pero que no lo es, ya que los usos y necesidades de sujetos no privilegiados han quedado invisibilizados. De esta manera, el espacio público es el escenario donde se generan y reproducen las desigualdades sociales.

Tradicionalmente los espacios se han concebido a partir del dualismo público-privado, que segrega el espacio según estas dos esferas y le asigna funciones específicas (productivo-reproductivo), a las que también se les atribuyen categorías genéricas (masculino-femenino). Esta dicotomía tiene su origen en los inicios del sistema capitalista, y es una consecuencia de la división sexual del trabajo. La división sexual del trabajo iría acompañada de unos determinados roles asignados a cada sexo. Según María Ángeles Durán (1998), con la división sexual del trabajo, enmarcado en el seno de la familia, los hombres se encargan de las tareas productivas, las relacionadas con el mercado, que se dan en el ámbito de lo público, mientras que las mujeres son las encargadas de las tareas reproductivas, que se dan en el ámbito de lo doméstico.

La reproducción implica permitirle al otro subsistir, física y afectivamente.
Así, mientras que en lo productivo recaen el prestigio, la autonomía y el poder de decisión; la reproducción y su práctica diaria se ha rebajado a la categoría de rutina y, por definición, no reporta nada extraordinario. Lo productivo va unido a las actividades públicas, mientras que lo reproductivo queda imbuido en el ámbito doméstico, y se conforma el dominio de lo productivo sobre lo reproductivo (Murillo, 1996).

Sin embargo, a pesar de que la planificación de los diseños urbanos se ha configurado a partir de esta dicotomía, esta no ha sido una constante histórica, sino que es una visión que comenzó a fraguarse a partir de la Revolución Industrial con la división sexual del trabajo. Por otro lado, es una visión profundamente eurocentrista y no tiene en cuenta la realidad de muchas mujeres que ya han tenido un papel imprescindible en el mundo de la economía, la cultura o la política.

Por otro lado, la naturalización del trabajo de cuidados y la identificación de estas tareas con lo femenino llevaron a una desvalorización de estas y a relegar esas actividades (conceptualmente) al espacio doméstico, a pesar de la gran cantidad de actividades de cuidados que se desarrollan en el espacio público (hacer la compra, cuidar a la infancia, acompañar a personas mayores a centros de salud…). Esta invisibilización ha provocado que los espacios urbanos se hayan pensado desde las necesidades de la esfera productiva y no se haya tenido en cuenta en el diseño de los espacios la satisfacción de las necesidades vinculadas con la esfera reproductiva. Es decir, la ciudad no se ha pensado como el soporte físico para poder desarrollar las actividades de cuidados, ya que desde la Revolución Industrial se ha considerado que las actividades de cuidados se llevaban a cabo exclusivamente en el espacio doméstico y por las mujeres. La exclusión de las mujeres del ámbito público se apoya en la división sexual de los trabajos y de los espacios y se materializa en una configuración de los espacios centrada en las experiencias y necesidades masculinas.

Seguir leyendo


Extraído de los materiales preparados por la autora para el curso de Gobernanza metropolitana, organizado por el Programa de Ciudad y urbanismo y Metrópolis, Asociación Mundial de las Grandes Metrópolis

Material completo disponible en el Repositorio Institucional de la UOC. http://hdl.handle.net/10609/91326 

Sobre el autor

Licenciada en Sociología en la Universidad Complutense. Máster en Gestión y Valoración Urbana por la Universitat Politècnica de Catalunya. Desde 2009 es integrante de Col·lectiu Punt 6, cooperativa de urbanistas dedicada al estudio y la aplicación de la perspectiva de género en el urbanismo y la arquitectura.
@CollectiuPunt6

Comentarios

Deja un comentario