Seguridad urbana desde la perspectiva de género

1 abril, 2019 Foto: Rafal Wachsman / Unsplash

El miedo y la gestión de la seguridad es un elemento central en las políticas urbanas.


Son pocas las metrópolis que han incorporado una perspectiva de género en las políticas de seguridad y planificación urbana, a pesar de que la investigación feminista de las últimas décadas demuestra que el miedo y la percepción de (in)seguridad limitan el derecho de las mujeres a la ciudad. La mayoría de las intervenciones sobre seguridad en el ámbito de la planificación urbana se han centrado en controlar y prevenir el crimen mediante el diseño de los espacios, en concreto, el crimen contra la propiedad privada y cometido por una persona desconocida. Desde el feminismo se han criticado estas estrategias porque no han tenido en cuenta las desigualdades de género y se han enfocado solo en el aspecto físico del urbanismo, sin incluir un análisis social de por qué la percepción de la seguridad es diferente por género y otras identidades interseccionales [1].
 
Las medidas de los gobiernos locales sobre prevención y control del delito provienen del ámbito de la justicia y la criminología, y se implementan estrategias restrictivas como incrementar la presencia de la policía y el control de acceso a espacios públicos, por ejemplo, cerrando parques a partir de ciertas horas de la noche. También se han utilizado estrategias más interactivas, como aumentar la afluencia de personas en el espacio público o realizar talleres educativos en comunidades desfavorecidas. Sin embargo, estas intervenciones no han incluido una perspectiva de género interseccional en su definición e implementación y han estigmatizado poblaciones, como si la violencia solo se diera en comunidades marginadas.
 
Un ejemplo que surgió en los años setenta, pero que todavía se aplica en muchos contextos, son los programas de «prevención del crimen mediante el diseño del entorno» (crime prevention through environmental design, CPTED). Los principales elementos de este programa son la vigilancia natural, el fomento de la territorialidad, el mantenimiento y la limpieza de zonas públicas, la reducción de áreas de conflicto, el control del acceso y la promoción de rutas alternativas. Estas estrategias han sido criticadas por responder solo a los delitos y actos criminales perpetrados en los espacios públicos por personas desconocidas, por ignorar la violencia contra las mujeres y por no incluir un análisis de género.
 
En los años ochenta, en el Reino Unido se crearon los programas de ciudades seguras, orientados a prevenir la violencia mediante el diseño urbano, y en Francia se crearon los programas de prevención del crimen y la violencia con un enfoque social, dirigidos a hombres jóvenes como grupo de riesgo de comisión de delitos. En 1996 también la agencia ONU Hábitat creó un programa de ciudades seguras para abordar la seguridad urbana definida como violencia, crimen e inseguridad en los pueblos y ciudades. Este programa se basaba en la combinación de los dos enfoques: el físico y el social, pero tampoco incluía una perspectiva de género ni tenía en consideración la violencia contra las mujeres. No obstante, un aspecto positivo de este programa es que daba el mismo valor a la percepción de miedo que a la violencia en sí misma, y consideraba a la ciudadanía como experta en analizar la violencia urbana. Estos programas también promovían colaboraciones entre gobiernos estatales, municipios, barrios y la ciudadanía, para prevenir la violencia mediante el desarrollo comunitario y la educación, además del diseño.
 
En la actualidad, la seguridad en las ciudades se sigue enfocando sobre todo en los crímenes, es decir, en aquello que se define por ley como violencia, y no realmente en todos los tipos de violencia que existen. Los programas de abordaje del crimen son muy limitados porque sólo responden a lo que cada contexto, ciudad o país tipifica por ley, prohíbe o castiga, pero hay tipos de violencia machista que en muchos contextos no están prohibidos ni penalizados. Al mismo tiempo, este enfoque también excluye la percepción de miedo, que es esencial para tratar la seguridad desde una perspectiva feminista interseccional.
 
Desde los años setenta, el movimiento y la investigación feminista han apostado por que la planificación física del entorno vaya acompañada de elementos sociales y económicos. Asimismo, se ha analizado la (in)seguridad de las mujeres en las ciudades y los entornos cotidianos, y se ha detallado qué se entiende por violencia de género y por percepción de miedo y seguridad, con el fin de ir más allá del crimen y de la violencia tipificada por la ley. Incluir la percepción de miedo permite estudiar, por ejemplo, el acoso sexual callejero, un tipo de violencia no criminalizada pero que repercute en el acceso y el derecho de las mujeres al espacio público. Anne Michaud (2006) ejemplifica de una manera muy clara la necesidad de abordar la percepción de inseguridad: si en una calle donde todas las personas que viven son mujeres y a una la violan, el 1 % de la población habrá sufrido una violencia sexual, pero, cuando el resto de las vecinas se enteren, automáticamente el 100 % verá incrementada su percepción de inseguridad porque saben que pueden potencialmente vivir esa agresión.
 
Abordar la percepción de miedo que vivimos las mujeres también significa ir más allá de las características físicas del espacio público y tener en cuenta los roles sociales hegemónicos en una sociedad que discrimina a las mujeres. El miedo y la percepción de seguridad están condicionados por la diferencia que existe entre el tipo de violencia que pueden experimentar las personas dependiendo del sexo, el género, la edad, el origen, etc., y eso tiene un impacto directo en las distintas percepciones. El miedo está basado en relaciones de poder de género que también se manifiestan en los espacios y se reproducen en las prácticas de la vida cotidiana, mediante procesos de socialización hegemónicos, duales y heteropatriarcales que definen a las mujeres como vulnerables y a los hombres como fuertes y agresivos. Esta producción social del miedo se manifiesta mediante canales formales e informales, desde los medios de comunicación o las estrategias policiales hasta los consejos que reproduce la familia cuando le decimos a una mujer joven que no vuelva a casa sola.
 
El miedo y la seguridad tienen referentes y significados de género distintos. En las mujeres está marcado por la violencia ejercida sobre su cuerpo sexuado y determina en gran medida cómo vivimos los diversos espacios, domésticos, comunitarios o públicos. Las mujeres tendemos a tener miedo de la violencia sexual, el tipo de violencia que ataca la parte más íntima de nuestros cuerpos, y adaptamos y limitamos nuestra vida cotidiana por el miedo a esta violencia.
 
El miedo también afecta a la movilidad de las mujeres. Estudios sobre movilidad en diferentes partes del mundo demuestran que las mujeres tienen una movilidad más sostenible, compleja y diversa durante el día. Sin embargo, la movilidad de las mujeres se puede llegar a paralizar por la noche a causa del miedo a la violencia. Por la noche, las mujeres evitan ciertas zonas de la ciudad, no utilizan ciertos medios de transporte o deciden no salir de casa. El urbanismo debe responder ante esta paradoja para garantizar el derecho de las mujeres a la ciudad tanto de día como de noche.
 
Incluir la percepción de seguridad en el análisis permite tomar conciencia de cómo el miedo limita la libertad y la movilidad de las mujeres y responder ante este, principalmente en las actividades nocturnas, tanto en ámbitos de ocio como de trabajo, y especialmente en los trayectos y el uso de determinados espacios. El miedo provoca que el sentimiento de pertenencia sea inferior y, por lo tanto, se produzca una menor participación activa de las mujeres y, en consecuencia, se limite nuestro derecho a la ciudad.
 

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[1] La interseccionalidad es un enfoque que subraya que el género, la etnia, la clase, u orientación sexual, como otras categorías sociales, lejos de ser “naturales” o “biológicas” son construidas y están interrelacionadas. (Wikipedia)


Extraído de los materiales preparados por la autora para el curso de Gobernanza metropolitana, organizado por el Programa de Ciudad y urbanismo y Metrópolis, Asociación Mundial de las Grandes Metrópolis

Material completo disponible en el Repositorio Institucional de la UOC. http://hdl.handle.net/10609/91326 

Sobre el autor

Licenciada en Sociología por la Universitat Autònoma de Barcelona y máster en Planificación Urbana por la University of Illinois at Urbana-Champaign. Tiene veinte años de experiencia trabajando en temas de género y el abordaje de las violencias machistas. Es integrante e investigadora en Col·lectiu Punt 6, cooperativa de urbanistas dedicada al estudio y la aplicación de la perspectiva de género en el urbanismo y la arquitectura.
@CollectiuPunt6

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