¿Economía Ciudadana o Economía de Lobbys?

20 noviembre, 2014

Por Roger Sunyer, profesor en La nueva economía urbana en el programa de posgrado en Gestión de la Ciudad.

Incluso la economía capitalista tiene sus límites. El propio Adam Smith, considerado como su fundador intelectual, habla que la necesidad de observar al otro como elemento fundamental antes de actuar, sentir a los otros y menos a nosotros mismos. Restringir nuestros impulsos egoístas y consolidar los benévolos constituye para Smith, la perfección de la naturaleza humana. 

En base a éstas y tantas otras escuelas de pensamiento social, político y económico, desarrolladas desde entonces, así como consecuencia de la evolución de nuestras sociedades, creo razonable afirmar que la nueva economía urbana debe ser ciudadana: creada por ella, gestionada por ella y orientada en sus efectos hacia ella. 

En catalán hay una expresión muy popular “Roda el món i torna al Born” para expresar que a menudo damos vueltas a todo para volver al principio. Creo que estamos en un caso parecido si prestamos atención a la etimología de la palabra “economía”. De hacerlo veríamos que ésta procede del griego Oikos, que significa casa o patrimonio y de Nomo que significa regla o administración. Por la tanto, Oikonomía significaría la administración doméstica o el gobierno de la casa. En  consecuencia, si en un modelo democrático burgués del siglo XVIII, solo unos ciudadanos decidían por todos, en una democracia avanzada como la que deberíamos tener en el siglo XXI, el empoderamiento de sus ciudadanos debería ser una de sus características principales con el objetivo de poder reconocerse a sí misma como una economía –realmente- ciudadana.

Para que así sea, y a mí modo de ver deberían cumplirse, como mínimo, los siguientes cinco principios: equilibrio entre igualdad y libertad; glocalidad, liderazgo público, liderazgo ciudadano, economía ética y cooperativa. En éste artículo me refiero el primero de ellos.

La economía, para ser ciudadana, debe ser de todos y para todos. Por ello debe tener como ideal la cuadratura del círculo: el equilibrio entre libertad e igualdad. Pese a lo que digan aún algunos soñadores, es obvio que no vivimos en un mercado libre. He ahí la gran paradoja en el uso del lenguaje cuando a ciertos neoliberales se les atribuye la defensa del mercado libre, de la libertad de mercado, cuando en realidad lo que subyace en dicha ideología se aproxima más a la idea de un mercado libre solo para algunos, un mercado dirigido y controlado por el poder político en beneficio de los intereses de una parte y no al todo. 

Desde esta perspectiva, cuando decimos neoliberal deberíamos decir oligopolista o monopolista puesto que más bien tiende a defender el privilegio de unos pocos, el hecho que determinados operadores puedan disponer de ventajas competitivas. Ventajas que, por otro lado, para nada tienen que ver con la actividad productiva sino más bien con están estrechamente vinculadas con el marco regulatorio y por lo tanto, con la actividad puramente política. 

Contrariamente, la economía ciudadana pretende buscar el equilibrio entre libertad e igualdad de un modo real, esto es: tratando de crear las condiciones para que todos los ciudadanos tengan unas ciertas condiciones de igualdad y, en paralelo, propiciar los espacios y flexibilidades necesarias para que la libertad ciudadana, ya sea individual o colectiva, su iniciativa y su creatividad, pueda manifestarse sin restricciones. 

Una economía ciudadana impulsa el equilibrio entre igualdad y libertad cuando facilita la iniciativa productiva de los ciudadanos frente a la restricción de la competencia que imponen ciertos monopolios y oligopolios con su sobre-participación en la definición de los marcos legales y regulatorios. La nueva economía urbana presenta, en este sentido, fenómenos emergentes (economía colaborativa, P2P o simplemente, emprendedores individuales o colectivos innovadores) que ponen en entredicho hasta que punto las economías de la ciudades son realmente ciudadanas o bien pertenecen a unos pocos, lo que hoy podríamos llamar una casta económica. 

Parece claro que ante lo emergente, lo innovador y la progresiva aparición de nuevas formas de actividad económica que dan poder a sus ciudadanos, una ciudad fundamentada en la economía ciudadana debe poder contar con ellos para que las apoyen tratando de no caer en trampas criminalizadoras (competencia desleal, problemas vecinales, etc) que enfrentan a los ciudadanos entre sí mientras se perpetua el dominio absoluto de ciertos lobbys.  

Igualmente, una economía ciudadana que persiga el equilibrio entre igualdad y libertad debe exigir gobiernos locales que huyan de la tentación de parapetarse en marcos normativos gremiales, aquellos que solo protegen a lo de siempre, y que no se conviertan en los paladines de intereses sectoriales para la contención de los supuestos problemas apocalípticos que la emergencia de una nueva economía urbana ya está generando en nuestras ciudades. 

Si queremos dar poder a los ciudadanos de la ciudad debemos quitárselo de modo inversamente proporcional a los lobbys. La pregunta, por lo tanto, está planteada: ¿Economía Ciudadana o Economía de Lobbys? 


Acerca del autor

Roger Sunyer es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología (UAB), colaborador académico del Instituto de Gobernanza y Dirección Pública de ESADE  y consultor especializado en gestión pública y economía social. rogersunyer.blogspot.com.es

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Autor / Autora
Profesor colaborador en la asignatura Nueva economía urbana del Máster Universitario de Ciudad y Urbanismo. Politólogo y máster en Dirección pública. Consultor en gestión pública y economía social, cooperativa y colaborativa. rogersunyer.com / @rogersunyer / Linkedin
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