UOC Ciudad y Urbanismo

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Blog del Máster Universitario de Ciudad y Urbanismo

¿De la economía social y colaborativa a la economía ciudadana?

Roger Sunyer Tacher 22 Mayo, 2014

Pasada la euforia del Ouishare Fest 2014, el gran evento europeo celebrado en París dedicado a la promoción de la economía colaborativa, hemos podido constatar que para algunos de sus principales referentes que los problemas de regulación que enfrenta la economía colaborativa por igual en ciudades como Nueva York, París o Barcelona, y que podemos seguir casi a diario en los medios de comunicación, son en realidad temas menores, conflictos que se resolverán tan pronto como la administración pública asuma el rol que le corresponde de mediadora y restablezca un nuevo orden normativo que dé cabida a nuevos modelos económicos.

Así pues, si fijamos nuestra atención en el medio y largo plazo, y dando por hecho la consolidación de las innumerables iniciativas que surgen en ciudades de todo el mundo y en todos los sectores, cabe preguntarnos algunos aspectos de corte más conceptual como por ejemplo ¿Hasta qué punto la economía colaborativa es realmente colaborativa? O bien, ¿Hasta qué punto dicho modelo es compartida? Hasta qué punto son iniciativas que pueden cambiar –a mejor, se entiende- las relaciones económicas y sociales o, en cambio, las podemos considerar como una simple evolución del management empresarial, la aplicación de nuevos modelos de negocio perfectamente arraigados en el mismo modelo capitalista conocido por todos.

Arun Sundararajan, catedrático norteamericano que investiga acerca de las tecnologías de la información y su impacto en la economía, parece tener muy claro que las empresas de economía colaborativa ya están transformando tanto el mundo empresarial como la sociedad misma. Desde de Cátedra de la Universidad de Nueva York compara Airbnb (plataforma de alojamiento compartidos) y Uber (plataforma que permite compartir trayectos urbanos), con Google y Facebook, destacando que las dos primeras están distribuyendo mucho más la riqueza. También remarca que si bien Airbnb tiene tres fundadores que han accedido a la lista de multimillonarios, también es cierto que tiene 600.000 anfitriones, personas repartidas por todo el mundo que están ganando dinero al alquilar sus espacios a través de la plataforma, con todo el impacto económico y social que ello supone. Esta ambivalencia entre aspectos novedosos y ya conocidos, lleva al catedrático norteamericano a pronosticar que con el tiempo veremos diferentes modelos de propiedad de las plataformas, afirmación que sin duda comparto. De hecho, hoy ya podemos constatar una multiplicidad de modelos de gestión empresarial entorno a la economía colaborativa: desde modelos asociativos basados en el voluntariado, como podrían ser las experiencias de huertos urbanos o las de los Bancos de Tiempo, a empresas basadas en el management clásico que se enseña en cualquier escuela de negocios.

Siguiendo a Sundarajan, vemos como apuesta porque en el futuro los nuevos servicios colaborativos de taxi se gestionen mediante cooperativas. Ciertamente, sería este un paso interesante. De hecho, si las iniciativas de economía colaborativa quieren profundizar en una imagen de marca asociado a lo colaborativo o a lo sharing deberían incorporar principios que la economía social viene promoviendo desde hace más de cien años. Pero ¿De qué hablamos cuando nos referimos a la economía social? Las empresas de economía social son organizaciones que persiguen un objetivo social y se dotan, para ello, de los recursos necesarios para poder actuar en el mercado. En éste sentido, la obtención de beneficios es un medio necesario para alcanzar su objetivo social, pero no un fin en sí mismo. Por otro lado, tienen un funcionamiento específico que las distingue de las empresas propiamente capitalistas –basadas en el capital. Éstas características implican que el análisis de las empresas de economía social basado en los esquemas tradicionales de la empresa capitalista siempre será reduccionista, puesto que no incorporará en su análisis, justamente, éstos aspectos tan fundamentales que forman parte de su ADN corporativo. Sin necesidad de alargarnos innecesariamente podemos citar:

  • La propiedad colectiva.
  • El proceso de decisión y control democrático.
  • La prioridad de las personas y el trabajo sobre el capital
  • El reparto de excedentes entre socios trabajadores y socios consumidores.
  • La producción de bienes y servicios socialmente útiles.

La economía social se enmarca, por lo tanto, plenamente bajo el concepto de share economy: comparte el trabajo (propiedad de los trabajadores) y el modelo de gobierno de la empresa (democrático, donde cada persona tiene un voto independientemente del capital aportado). Igualmente, se enmarca plenamente bajo el concepto y es colaborativa porque su existencia cobra sentido en la medida que colabora y contribuye a la mejora de sus entorno, tanto social, como económica y medioambientalmente. Mayoritariamente estructuradas bajo la forma de cooperativas o entidades sin ánimo de lucro, las empresas de economía social se distinguen, como hemos visto, tanto por su finalidad como por su forma de organización y de explotación. Dicha configuración interna y externa ello comporta lógicamente consecuencias sobre la percepción de su situación real, de su funcionamiento y de los factores clave de éxito que no pueden reflejarse de forma automática en sus estados financieros. El balance económico de dichas empresas –véase el paralelismo con las empresas de economía colaborativa- solo muestran un reflejo parcial de la eficacia de ésta, ya que presentan el cuadro completo del cumplimiento ni de su misión ni de sus objetivos, y aún menos de sus impactos intangibles. Aunque las empresas de economía social usen los mismos instrumentos contables y de gestión que las empresas convencionales, dichos instrumentos no serán capaces de medir y valorar las especificidades propias de la empresa de economía social, tales como:

  • Las finalidades sociales y medioambientales de sus actividades.
  • Su disposición para “mutualizar” tanto los recursos como los riesgos, su funcionamiento democrático y participativo.
  • La dimensión no monetaria de la implicación de voluntariados y usuarios.

Por ello, las empresas de economía social –y las empresas de economía colaborativa que incorporen parte de sus principios- requieren de un marco de análisis específico para poder tomar en consideración sus diferencias y aportar un retrato representativo de su impacto real. El análisis de éstas empresas debe evaluar, por lo tanto, simultáneamente tanto su capacidad de gestión como su impacto, o en otras palabras, valorar tanto su rentabilidad económica como su rentabilidad social.

Las grandes plataformas online, estandartes de la economía colaborativa, ya están redefiniendo sus mercados (de alojamiento, de transporte, de consumo alimentario, etc), ya están innovando con nuevas formas de relación entre consumidores, entre productores. Pero más allá del hecho de tener que enfrentarse a problemas de regulación a escala global invirtiendo buena parte de las millonarias aportaciones que reciben en hacer frente a los pleitos legales que se les presentan por todas partes, más allá de conseguir que la normativa dé cabida a la innovación empresarial, a nuevos modelos de negocio, las empresas de economía colaborativa consolidaran su presencia en la nueva economía urbana en la medida que profundicen en la participación ciudadana, en la implicación de los ciudadanos. Para ello, sería útil incorporar parcial o integralmente los principios que la economía social viene promoviendo desde el siglo XIX y que hemos expuesto con anterioridad. No mediante una copia mimética, ni obsesionándose con la forma jurídica sino incorporando los conceptos esenciales de forma innovadora, implementando nuevos modelos de gestión interna y externa, estableciendo formas participativas entre usuarios, productores y consumidores. Avanzando, en definitiva, hacia una economía social de ámbito glocal, global y local al mismo tiempo, que facilite la apertura de conocimiento, de experiencia entre todo el planeta y al mismo tiempo promueva el comercio local, los productores de proximidad, lo propio y distinto, creando una nueva economía fusionando lo mejor de la economía social y de la colaborativa. Profundizando, en definitiva, en una economía ciudadana que, simplemente, pertenezca fundamentalmente, a sus ciudadanos y ciudadanas.

Sobre el autor

Profesor colaborador en la asignatura Nueva economía urbana del Máster Universitario de Ciudad y Urbanismo. Politólogo y máster en Dirección pública. Consultor en gestión pública y economía social, cooperativa y colaborativa. rogersunyer.com / @rogersunyer / Linkedin
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